
“¿Qué sentido tendría la vida cuando el trabajo dejara de ocupar la mayor parte de nuestro tiempo?”. Entrevista (inédita) a Robert Skidelsky
Robert Skidelsky
Rudy Gnutti
12/05/2026
La desaparición de Robert Skidelsky el pasado 15 de abril supone una gran pérdida intelectual. Fue, probablemente, el más importante biógrafo de John Maynard Keynes y uno de los pensadores que mejor comprendió no solo su teoría económica, sino también la dimensión filosófica, moral y cultural de su obra.
Mientras preparaba mi documental “In the Same Boat” leí, entre otros autores, su monumental biografía de Keynes. Años después, cuando empecé a trabajar en mi libro ¿Sueñan los nietos de Keynes con ovejas mecánicas?, pensé en entrevistar a Skydelsky. Me parecía una posibilidad casi inalcanzable.
Por suerte, la economista Mariana Mazzucato me puso en contacto con él y, además, le recomendó ver mi película. Organizamos una videollamada entre Roma y Londres. Yo estaba nervioso: para cualquiera interesado en Keynes, hablar con Skydelsky imponía respeto. Sin embargo, encontré a una persona extraordinariamente amable, generosa y sensible.
Nuestra conversación giró alrededor de uno de los textos más fascinantes y proféticos de Keynes: la conferencia pronunciada en Madrid en 1930, Las posibilidades económicas de nuestros nietos. En ella, el economista inglés imaginaba un futuro en el que el progreso tecnológico liberaría al ser humano de gran parte del trabajo necesario y abriría una nueva era de abundancia, ocio y transformación moral.
Casi un siglo después, muchas de aquellas preguntas siguen abiertas.
Robert Skidelsky (1939-2025) fue historiador de la economía, ensayista y miembro de la Cámara de los Lores británica. Profesor emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick, alcanzó reconocimiento internacional gracias a su monumental biografía en tres volúmenes sobre Keynes, considerada una obra imprescindible para comprender no solo al economista inglés, sino también las transformaciones intelectuales y políticas del siglo XX.
En sus últimos años, Skydelsky dedicó gran parte de su reflexión al futuro del trabajo, el impacto de la tecnología, la crisis del capitalismo contemporáneo y el problema de la desigualdad. Sus análisis recuperaban una dimensión muchas veces olvidada del pensamiento keynesiano: la pregunta sobre cómo vivir cuando el problema económico deje de ocupar el centro de la existencia humana. Esta entrevista que ahora publica Sin Permiso era inédita hasta el momento. Rudy Gnutti
R.G. En Las posibilidades económicas de nuestros nietos, Keynes plantea una cuestión profundamente inquietante: ¿qué ocurrirá con el ser humano cuando el problema económico deje de dominar nuestras vidas?
R.S. John Maynard Keynes pronunció esta conferencia en Madrid en 1930 acompañado de su esposa, Lydia Lopokova, aunque el texto había sido escrito dos años antes para unos estudiantes del Winchester College. En plena crisis posterior al crack de 1929, Keynes lanzó una pregunta provocadora: ¿cómo vivirían nuestros nietos dentro de cien años si el progreso tecnológico continuaba acelerándose?
El economista inglés intuía que una sociedad tecnológicamente avanzada podría liberarnos progresivamente del trabajo obligatorio y reducir radicalmente la jornada laboral. El desempleo tecnológico no debía interpretarse únicamente como una tragedia, sino también como el síntoma de una transición histórica hacia una sociedad donde el trabajo dejaría de ocupar el centro de la vida humana.
Sin embargo, Keynes comprendía perfectamente que esa transformación no sería sencilla. Durante siglos hemos sido educados para luchar, producir, competir y sobrevivir; no para convivir con la abundancia ni para saber utilizar el tiempo libre. Por eso advertía sobre un posible “colapso psicológico”: el verdadero problema del futuro no sería económico, sino existencial.
Keynes pertenecía al ambiente intelectual de Bloomsbury, donde filósofos, artistas y escritores imaginaban una civilización capaz de dedicar más tiempo al arte, al conocimiento y al placer de vivir. Pero incluso ellos eran conscientes de que el ocio no garantiza automáticamente una vida mejor. Un empleo no solo proporciona ingresos; también ofrece disciplina, orden y una sensación de propósito.
Por eso Keynes veía la tecnología como una herramienta potencial de emancipación, casi como una promesa de liberación humana. Utilizaba incluso un lenguaje cercano al religioso: reinterpretaba la antigua idea cristiana del paraíso como una posibilidad terrenal alcanzable gracias al progreso técnico. La humanidad podría liberarse, decía, del “sudor de su frente”.
Pero la cuestión decisiva seguía abierta: ¿qué haríamos con ese tiempo liberado? ¿Seríamos capaces de vivir mejor o caeríamos en el vacío, el aburrimiento y la ansiedad?
Hoy, cuando la revolución tecnológica está transformando el significado mismo del trabajo y desdibujando la frontera entre productor y consumidor, resulta evidente que el cambio será antes cultural que material. Y quizás esa transformación explique parte de la crisis de valores y sentido que atraviesan nuestras sociedades.
R.G. En otro pasaje extraordinario de su conferencia madrileña, Keynes afirmaba que la humanidad solo podría alcanzar el “fin del problema económico” si lograba cumplir cuatro condiciones fundamentales: controlar la demografía, evitar las guerras, confiar en el progreso científico y capacidad en acumular riqueza para reinvertirla. Vista desde hoy, su reflexión resulta sorprendentemente actual.La revolución tecnológica sí ha seguido avanzando a un ritmo exponencial, pero las otras condiciones parecen haberse incumplido parcialmente o incluso agravado. Las guerras continúan, las tensiones geopolíticas aumentan y la desigualdad económica se ha disparado hasta niveles inéditos. ¿Por qué la tecnología, que debía acercarnos a una era de abundancia compartida, está coincidiendo con un aumento tan fuerte de la desigualdad?
R.S. Keynes acertó en algo esencial: el mundo sería mucho más rico y tecnológicamente más avanzado. Lo que subestimó fue la desigual distribución de esa prosperidad y el enorme crecimiento demográfico global.
En los años treinta todavía parecía imaginable que la abundancia pudiera extenderse progresivamente a toda la humanidad. Hoy vivimos en un planeta de más de ocho mil millones de personas, con enormes desequilibrios entre regiones desarrolladas y regiones aún en proceso de desarrollo.
Al mismo tiempo, la productividad ha aumentado exactamente como Keynes anticipaba. Él pensaba que ese aumento debía traducirse en una reducción del tiempo de trabajo: trabajar menos horas, pero mantener niveles de vida similares gracias a la eficiencia tecnológica.
Sin embargo, eso ocurrió en parte. La riqueza generada por la tecnología no se distribuyó de forma equitativa. Una pequeña élite ha concentrado gran parte de los beneficios económicos mientras amplias capas sociales han visto estancarse sus ingresos.
La economía neoclásica defendió durante décadas la idea de que el mercado acabaría corrigiendo automáticamente esas desigualdades. Pero la realidad demuestra que el poder económico influye profundamente en la política y en las instituciones.
Como ha explicado muy bien Mariana Mazzucato, gran parte de las innovaciones que han generado fortunas privadas gigantescas fueron financiadas inicialmente con inversión pública.
La riqueza se ha creado colectivamente, pero sus beneficios se han privatizado.
La gran pregunta sigue siendo la misma: ¿puede el capitalismo generar prosperidad sin producir niveles extremos de desigualdad?
R.G. ¿Creía Keynes que la tecnología acabaría provocando una transformación ética y espiritual de la civilización?
R.S. John Maynard Keynes intuía que el final de la escasez transformaría profundamente nuestra moral y nuestra manera de entender la vida. En una sociedad donde la acumulación de riqueza dejara de ser la prioridad absoluta, valores como la avaricia, la competencia permanente o la obsesión por el beneficio perderían legitimidad social.
Para Keynes, la economía debía ser únicamente un medio y no el objetivo final de la existencia humana. Quizás por eso insistía en que un economista no podía limitarse a las matemáticas: debía comprender también la filosofía, la psicología, la política y, sobre todo, la naturaleza humana.
Al final de su conferencia en Madrid utilizó una imagen muy significativa: imaginó una humanidad capaz de vivir “como los lirios del campo”, sin la obsesión constante por el cálculo económico y la supervivencia material. Pensaba que habíamos sido educados para vivir en un mundo de escasez, donde cada decisión debía orientarse hacia el futuro y la seguridad económica. Pero suponía que, con el tiempo, la abundancia tecnológica permitiría superar esa lógica.
La cuestión fundamental era entonces: ¿qué sentido tendría la vida cuando el trabajo dejara de ocupar la mayor parte de nuestro tiempo?
Keynes intuía que la economía perdería centralidad y que los seres humanos podrían dedicar más energía al arte, al amor, al conocimiento y a la belleza. Llegó incluso a afirmar, provocadoramente, que algún día los economistas serían tan útiles como los dentistas: profesionales necesarios solo en ocasiones concretas.
Sin embargo, también era consciente de que no todo el mundo se adaptaría fácilmente a una sociedad organizada alrededor del ocio y no del trabajo. No todos somos artistas, filósofos o científicos capaces de encontrar espontáneamente sentido en el tiempo libre.
Aun así, consideraba que una civilización sin pobreza extrema y con más tiempo disponible representaría un enorme progreso histórico. La pregunta sigue abierta hoy más que nunca: ¿sabremos utilizar nuestra libertad mejor de lo que hemos sabido utilizar nuestra obsesión por la producción?
Robert Skidelsky
Fue miembro de la Cámara de los Lores británica, profesor emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick y autor de la biografía más reconocida del economista J. M. Keynes.
Rudy Gnutti
es músico, director de cine y escritor